
Dijo que era Brigitte Bardot a quien buscaba en el desastrado elevador, pero las cosas resultaron de otro modo y terminó en su habitación con una chica de larga e hirsuta cabellera, mirada adormecida, nariz amplia y redonda y, posiblemente, con una sonrisa colgada de los labios.
Dijo que el lugar del crimen fue el Hotel Chelsea de Nueva York; bueno, lo del crimen sólo es una nota de mi parte, porque aquella noche concibió una de sus rolas más intensas, canción testimonial sobre los amores ridículos, fugaces, que eternizan el vuelo genital de los extraños e imperfectos: ella le dijo que prefería a los hombres atractivos pero que por él iba a hacer una excepción, al fin y al cabo, ambos eran feos y, qué diablos, tenían la música y la ansiedad por la carne y el dinero y afuera estaba la calle 23 y las limusinas aparcadas, no tenían mucho qué perder, eran jóvenes sencillos, a su modo hermosos y malditos, según la fórmula de Francis Scott Fitzgerald.
Dijo que ella era famosa. Sabía que su corazón se había vuelto una leyenda, y cayó en la hipnosis de su fugitiva desnudez, concentrándose en la cama deshecha, quizás en la oscuridad tras la ventana, y luego sobrevino el vértigo que suscitó aquella boca bajo su ombligo, lo recuerda claramente, fue en el Hotel Chelsea.
Dijo que era Brigitte Bardot a quien buscaba en el desastrado elevador, pero las cosas resultaron de otro modo. El encuentro suena a absurdo o ironía, si recordamos ciertos versos de su poema “La canción de la paciencia”: Mis amigos me advierten/ que has leído el viejo esqueleto del océano;/ dicen que hilvanas los sonidos del agua/ en bocas diferentes, en otros monumentos./ “Viaja con una bala de plata”, me previenen,/ “escóndete una estaca en el bolsillo”./ Y tengo que sonreír mientras tergiversan el sentido de tus cartas locas,/ de mi garganta bordada.
Dijo que se sintieron oprimidos por el falso canon de la belleza. No importa, somos feos. Tenemos la música y la ansiedad por la carne y el dinero: Oh, le diré que te ame con ternura;/ que te honre con conchas y botellas de colores;/ que proteja tu rostro de la arena que cae/ y tu brazo humano del escarabajo carbonizado por el tiempo;/ que te enseñe nuevas historias sobre los relámpagos/ y que de vez en cuando te permita correr descalza por la orilla./ Y cuando la aguja sonría burlona sobre su mejilla sin sangre, llegará a saber lo hermoso que resulta/ ser amado por una loca.
Dijo que terminó en su habitación con una chica de larga e hirsuta cabellera, mirada adormecida, nariz amplia y redonda y, posiblemente, con una sonrisa colgada de los labios.
Ella prefería a los hombres guapos pero con él hizo una excepción. Afuera estaba la calle 23, las limusinas aparcadas, la cadencia neoyorquina. Sólo estaba el aliento del río Hudson y su ondular indiferente.
Adentro él cogía con una loca, y navegó de cielo en cielo mientras la oscuridad cantaba sobre la barca que se hizo de alas rotas.
La joven del ascensor, dijo, era Janis Joplin. El tipo, un tal Leonard Cohen. Y de esa inverosímil y grotesca comunión emergió “Hotel Chelsea # 2”, la acústica plegaria de un sueño revocado. Ella murmuraba “te necesito, no te necesito”, y él aduce que la recuerda claramente en el Hotel Chelsea pero es todo, no piensa a menudo en ella…
Iván Ríos Gascón • thewhitesubway@yahoo.com
Te recuerdo claramente en el Chelsea Hotel,
hablabas tan segura y tan dulcemente,
mamándomela sobre una cama deshecha
mientras en la calle te esperaba la limusina.
Esas eran las razones y ésa fue Nueva York,
nos movíamos por el dinero y la carne
y a eso lo llamaban amor, los del oficio,
probablemente, aún lo es para los que quedan.
Pero te fuiste, ¿verdad, nena?
Sólo le diste la espalda a la gente
y te alejaste, ya nunca volví a oírte decir:
«Te necesito, no te necesito, te necesito, no te necesito»,
mientras todos te bailaban alrededor.
Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea.
Ya eras famosa, tu corazón era una leyenda.
Volviste a decirme que preferías hombres bien parecidos
pero que por mí harías una excepción.
Y cerrando el puño por los que como nosotros
están oprimidos por los cánones de belleza,
te arreglaste un poco y dijiste: «No importa,
somos feos, pero tenemos la música».
Y entonces te fuiste, ¿no es así, tía?
Simplemente, diste la espalda a la gente
y te alejaste, ya nunca volví a oírte decir:
«Te necesito, no te necesito, te necesito, no te necesito»,
coreándote todos alrededor.
Y no pretendo sugerir que yo te amara mejor
No puedo llevar la cuenta de cada pájaro que cazaste.
Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea.
Eso es todo, no pienso en ti muy a menudo.
